Me complace especialmente participar en esta nueva etapa de AVAF, la de su nueva página web acorde con los tiempos que corren; primero porque uno ya peina canas y desea ir pasando conceptos al relevo de las nuevas generaciones y, segundo, porque aprecio por fin un pequeño atisbo de que aquello que uno ha ido recopilando a lo largo de más de cincuenta años, y no siempre con poco esfuerzo y molestias, se empieza a apreciar por su rareza. Cuando menos por formar parte de una crónica local, la valenciana, especialmente carente de referencias históricas ajenas a los cauces usuales. Los que para mí son los más pintorescos. Al menos eso es lo que he observado de forma reiterada.

A primeros de 1985, en la recordada estacioneta del Pont de Fusta o de Santa Mónica, se realizaba una lamentable y descabellada limpieza que, seguramente, para nada era comparable a épocas anteriores. Este añejo edificio —que en realidad eran dos— había visto pasar desgraciadas inundaciones, guerras y altercados, masas de viajeros acudiendo a sus diarios quehaceres de la gran ciudad, etc. Y, a su vez, había albergado durante unos ochenta años, no sólo las direcciones bien diferenciadas de tranvías y ferrocarriles que componían antaño la CTFV o Compañía de Tranvías y Ferrocarriles de Valencia, como su nombre bien indica, sino igualmente sus dependencias anexas. Unas de ellas eran los respectivos archivos históricos de ambos cometidos. Se trataba de uno de los almacenamientos más completos, y de manera más global y metódica, que en una gran capital española se había podido conformar.

Pero todo llega a su fin. Y, casualmente, pasaba yo por la zona de muelles, la de la parte derecha, y en un pequeño furgón —por cierto, en muy desagradable estado de conservación— vi una pila de papeles en el más completo desorden. «Es el vagón basura», me dijeron. A lo que siguió: «Todo eso es para tirar, y se lo llevará el balasto [furgón-taller Wumag], de un momento a otro para rellenar uno de los escamuchones o parcelitas junto a la vía, de cualquier línea de éstas». Y como me saltó a la vista este cuadernillo que parecía una agenda de despacho, me lo llevé de inmediato.

Lástima no haber cogido más documentos de aquel vagón.
Resultó ser un curioso Memorándum o libro diario de Recaudación de la CTFV, sección de Ferrocarriles, donde un avezado contable anotaba cada día no sólo la entrada total de metálico por la venta de billetes, sino también de alguna forma aquellos motivos sobresalientes a su juicio, por los que se explicaban las subidas o bajadas de las entradas monetarias, a tenor de acontecimientos especiales como climatológicos, boxeos, fiestas, fallas, ofrendas o corridas de toros que los hubieran podido motivar.

Datado entre 1946 y 1952 es, a juicio de un cronista de Valencia o de alguien que quiera estudiar la vida de la Ciudad del Turia en esos años, seguramente, todo un documento de excepcional fiabilidad y valía.

Donde, por ejemplo, la llegada de los restos de Mariano Benlliure o la inauguración del ferrocarril de Utiel a Cuenca en noviembre de 1947 resultan medibles, a juzgar por el gentío que se desplazó en el Trenet a presenciarlos.

Es mi elegida primera sugerencia a todos aquellos que se inicien en la investigación del transporte en general —o del ferrocarril en particular— y en nuestro entorno. Que no desprecien aspecto alguno que pueda luego conducirles a otras conclusiones más elaboradas. Y siempre, a ser posible, que se nutran de fuentes primarias, inéditas o rebuscadas.

Foios, a 15.4.2021.